

Hay que empezar por reconocer la honradez y la valentía de Lorenzo García Vega al cuestionar, en Los años de Orígenes, la integridad ética de su maestro y del grupo dentro del cual él se formó. Su crítica nace de una crisis individual, pero tambíén de la crónica crisis histórica que, según él, padece la nación cubana. Sería demasiado simple reducir a resentimiento de discípulo defraudado su duro alegato contra Lezama Lima. García Vega no está entre los que son, según Lezama, “vitalmente incapaces de admirar”, su resentimiento es, después de todo, el reverso de una inicial admiración por su maestro. Pero es, también, un rechazo al resto del grupo —García Vega es más lezamista que origenista—; para él, la admiración en los origenistas se acercaba demasiado a la beatería, cuando no a la hipocresía. Tiene un sentido auto-crítico del que Lezama y ellos carecían, aunque es probable que, según sus propias palabras, se haya “quedado a medio camino. Es probable que rechace, proyectándolos en Lezama ciertos conflictos psíquicos que no acabo de entender” (pág. 285).
García Vega es, cronológicamente, un origenista epigonal, y constituye, por tanto, un posible enlace con la generación de Ciclón. Él sostiene, en una entrevista aparecida en la revista Escandalar: “…yo me he ido reconciliando interiormente y he ido expresando lo que en mí había de la generación, diríamos, de Ciclón. Ya yo tenía a Ciclón dentro de mí sin saberlo. Esa generación que sigue a Orígenes creo que su nota constitutiva es el resentimiento”. Pero Ciclón se sitúa dentro del impulso generacional que creó a Orígenes, y ambos grupos tienen, según él, una común característica. Para García Vega, tanto Virgilio Piñera como Lezama Lima “pese a las apariencias, se abrazan a una imagen idealizada”. Y reacciona contra la tendencia idealizadora de la generación precedente —más evidente en Lezama que en Piñera—, desde su inicial admiración por la Revolución cubana. Porque, aunque su crítica cala mucho más hondo, la disidencia lorenciana tiene su origen en ese axial evento histórico: “La aparición del castrismo, y su significación histórica, justifica, por sí solo, el intento de una nueva mirada hacia los años de Orígenes. Pues ahora sí, más que nunca, nuestras palabras deben ser comprendidas como palabras dichas por cubanos, así como comprendidas dentro de un contexto determinado” (pág.160). Pero García Vega no pretende separarse del todo de lo que fue el origenismo. Dice: “el sueño de los años de Orígenes tuvo una justificación, una grandeza, en los años que precedieron al castrismo” (pág.77). Cifra su orgullo origenista en una altiva voluntad de marginalidad ante la desmoralizada circunstancia republicana, pero su toma de conciencia heterodoxamente revolucionaria hizo que le exigiera a la vida y la obra de Lezama mayor autenticidad.
Le atribuye a Lezama, en primera instancia, un déficit de cubanía. Por muy perspicaces que son las observaciones psicológicas de García Vega, él simplifica cuando dice, en la citada entrevista, que en Orígenes “lo español era en ciertas dimensiones más un invento que otra cosa… el barroquismo, el neo-barroco cubano, sus raíces, son esencialmente mestizas, no españolas. Es un poco la nostalgia del mestizo, en muchas dimensiones, por tener una raíz española”. García Vega también rechaza la decadente filiación casaliana de Lezama, una presunta “grandeza perdida” o “venida a menos” que, según él, está en la raíz misma del origenismo. Para Lorenzo las familias cubanas venidas a menos —ejemplificadas en la de Casal— engendran una descendencia parásita y nostálgica, cuyas raíces están “en la sórdida mezquindad de una pequeña burguesía afanosa de reconquistar la riqueza de los negreros, cuatreros o comerciantes que fueron sus antecesores (pag. 56). Pero aquí, de nuevo, Lorenzo simplifica, identificando injustificadamente a Orígenes, y a Casal, con el lado sombrío de la ancestral riqueza cubana. En Paradiso, por ejemplo, —Roberto González Echevarría observa( Isla a su vuelo fugitiva, pág.81)— “todos los personajes de naturaleza creadora en la novela están asociados al tabaco”.
Orígenes, según García Vega, compensa sus insuficiencias hiperbolizando o inventando una pasada grandeza. Él reconoce, sin embargo, que hubo una grandeza pasada, de la que, para él, a principios de la república, sólo quedaban los rescoldos:
Por lo que volvemos de nuevo a eso cubano, a eso tremendo de lo que es y no es. Pues las figuras paternales de los años de Orígenes eran y no eran.. Pues los héroes eran figuras corrompidas, o eran bombines. Pero los héroes, a través del sueño de las familias que añoraban las grandezas perdidas, mantenían, pese a lo grotesco, una idealizada calidad de imagen. Y por eso, en Paradiso, los personajes se alzan sobre coturnos. Y por eso, en la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego, los héroes, metidos dentro de acuarelas, comienzan a hablar de un algo pomposo, la República, de un algo que nunca había existido (pags. 141-142).
García Vega sólo ve miseria moral en la Cuba republicana. También parece persuadido de que toda riqueza material, en aquella época, ha sido esencialmente acomodaticia y corrompida. Se aferra a la pobreza guajira, a los “manteles de hule” de las casas de campo, y niega la legitimidad de los “manteles bordados” en los que se regala Lezama. Es también, según él, la hipocresía de los origenistas el no querer reconocer, o bien disfrazar dentro de un marco estereotipado, esteticista, la pobreza material que les rodeaba. Es por eso que Lorenzo admira en su maestro “ese saber recoger la anécdota pobre, la anécdota destartalada, donde se me revelaba, espléndidamente, la gran intuición narrativa de Lezama (p.91) Dice de él que:
…tuvo una increíble y profunda relación con su circunstancia, y con su pueblo. Pues Lezama, el narrador de lo cubano, conoció la pobreza —la condición de pequeños burgueses acomodados de los origenistas nunca sospechó este hecho. Pero Lezama, por su condición de miembro de una familia que había venido a menos, por ese como tapujo, o mulatería, o falsa respetabilidad, del inconsciente de las familias cubanas que habían perdido sus propiedades, mantuvo siempre una neurótica fidelidad a una clase social que nada tenía que ver con él, y que en el fondo lo despreciaba. Y esto quizás fue la causa de ese rostro sofisticado, y preciosista, de Lezama—(p.93)
Los juicios de Lorenzo, o más bien sus impresiones, están basados a menudo en anécdotas contadas por el propio Lezama. Es inconcebible un supuesto desprecio a Lezama por parte de los origenistas, por complejas y ambivalentes que hayan sido sus relaciones. Es como si Lezama hubiera proyectado las propias proyecciones en García Vega. Él reconoce, cuando la ruptura con Rodríguez Feo, co-director de Orígenes, el injustificado temor de Lezama de una deslealtad cuando dice: “no creo que algunos origenistas se hubieran ido con el rico”, Aunque insiste: “Lezama tenía razón para sentirse paranoico” (p. 178).
Una de las anécdotas pobres, destartaladas que a García Vega le gustan es la que le cuenta Lezama sobre su padre, el comandante, cuando fue enviado a combatir a unos liberales alzados contra el gobierno de turno. Tras darse a la fuga, los alzados habían dejado en el campamento un arroz con pollo que la supersticiosa tropa creyó envenenado, pero que el padre de Lezama no dudó en probar. Por lo que, al día siguiente, “unas declaraciones salían publicadas en la prensa: `Los liberales son grandes cocineros’, decía el comandante”. Esta anécdota fue delirantemente transformada por Lezama en Paradiso:
…Se dirigió el coronel al caldero central y lo destapó. Los legionarios retrocedieron, como en los tiempos bíblicos, ante el sofrito que retumbaba en la espesura del caldo arrocero, como un monstruo que agoniza al llegar la marea baja. Levantó un ala…Hacía bien visible el alón, para que la tropa abandonara el miedo al veneno, como si fuera un racimo báquico. La alegría fuerte, que marcaba las líneas de la cara con decisión dominante, hizo que el resto de la soldadesca comenzara a acercarse a los calderos. Bajo la tonancia gastronómica la tropa se alzó en aleluyas corales, con entonaciones como de carga inmóvil, y en medio el coronel cantando hurras, voces de mando, con la soberanía de un gigantoma muslo de pollo, que trazaba una rúbrica para columpiar sus canciones, terminando en el punto cerrado de la boca, brillosa por la grasa y las escamas de la cebolla.
La anécdota original sería la versión de un espectador imparcial, o la del coronel Lezama; la versión de Paradiso es, por supuesto, la del autor, pero podría ser también —excluyendo la ironía— la de la tropa. La profunda relación de Lezama con su pueblo no le viene sólo de una pobreza compartida, sino tambien de una compartida riqueza imaginativa, o al menos fantasiosa. No es que Lorenzo pretenda convertir a Lezama en un escritor realista, sino algo más absurdo: pretende convertir al pueblo en realista. El pueblo cubano no ha sido, anímicamente, ni pobre ni destartalado. Es precisamente en los excesos donde Lezama se acerca más a su pueblo.
El resentimiento de García Vega hacia Orígenes es el fruto de una desmesurada expectativa inicial. El confiesa haber tenido “el deseo de que la aventura espiritual de Orígenes pudiera estar unida a una realidad revolucionaria”. Aspiraba, nada menos, a una revolución social de alto calibre intelectual, moral y espiritual, guiada por Lezama. Una revolución que no se ha dado nunca en ninguna parte, e intentada sólo por individuos excepcionales en contadas ocasiones a lo largo de la historia, y que, en el caso de Martí, se frustró en sus comienzos mismos en la Mejorana. Para Lezama, como para Lorenzo, una revolución no sería sólo una transformación de orden político, económico y social, sino también la instauración de un orden espiritual que incluyera el concepto de humildad o pobreza evangélica que en principio ambos compartían. Pero él se indigna cuando Lezama descubre, al conjuro de la Revolución, una pobreza disfrazada de trascendencia. Lorenzo deplora esa mitificación de la pobreza.
Entre las mejores cosas de la Revolución cubana, reaccionando contra la era de la locura que fue la etapa de la disipación de la falsa riqueza, está el haber traído de nuevo el espíritu de la pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu.
Una pobreza que, después de aquella falsa riqueza, tuvo más de expiación que de irradiación. Esa pobreza venida a más le sonaba a Lorenzo tan falsa como la anterior grandeza venida a menos. Y el propio Lezama habría estado entonces de acuerdo con él:
Pues en realidad la sobreabundancia señorea misteriosa en la cornucopia y en el sacrificio. Dice el cuchillo del alcabalero: “a cualquiera que tuviese le será dado y tendrá más, y al que no tuviese, aún lo que tiene le será quitado. Es tan trágico querer ser más rico como querer ser más pobre. Hay el nuevo rico y el nuevo pobre, enjambre de detestos (La dignidad de la poesía, 1956).
La aventura de Orígenes tuvo una grandeza antes de la Revolución, dice Lorenzo García Vega. Tiene razón, pero no fue así sólo por mérito propio, sino también por la naturaleza de su entorno: la indiferencia republicana es preferible a la intransigencia revolucionaria.
Lezama es el mismo antes que después de la Revolución, por supuesto; tiene la misma incapacidad de adaptación ante circunstancias inmediatas. Se mueve mejor en la lejanía, en el espacio de la memoria. Sin embargo, la inmediatez ejerce una influencia lateral sobre él. Su interpretación histórica de una concepción integral de la cultura en América oscila fundamentalmente entre dos polos: la tradición barroca y la ruptura romántica. En su coloquio con Juan Ramón Jiménez (1938) Lezama propone un mito insular —un destino autónomo para la isla—, que no convence al poeta andaluz. Apenas vuelve sobre el tema —en La Expresión americana (1957), su esquema histórico de proyección continental, la especificidad insular cubana no juega papel alguno— hasta el triunfo de la Revolución. Con la autonomía alcanzada por la ruptura revolucionaria aborda de nuevo el tema de un destino insular..
Lezama, sin embargo, ve una “secreta continuidad” entre la tradición barroca y la ruptura romántica. Pero es una continuidad cuyo secreto no divulga. Sólo Octavio Paz, que yo sepa, se ha hecho eco de ese planteamiento. En su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz, Paz le responde indirectamente sosteniendo que, en la historia de México, entre las etapas precolombina, colonial y republicana, hay superposición (rechazo pero también interactuación), más que continuidad. Considera que la república tiene una deuda con la colonia, y afirma que “el romanticismo está condenado a redescubrir el barroquismo” (p. 80). Paz sustenta esta conclusión argumentando que:
…el barroco mexicano exagera sus modelos peninsulares… Este carácter extremado es una prueba de su autenticidad, algo que no se puede decir ni de nuestra poesía neo-clásica ni de la romántica. Ambas fueron también imitaciones pero imitaciones pálidas, desteñidas: no había afinidad entre estos poetas y los modelos que se proponían imitar. En cambio, la singularidad estética del barroco mexicano correspondía a la singularidad histórica y existencial de los criollos. Entre ellos y el arte barroco había una relación inequívoca, no de causa a efecto, sino de afinidad y coincidencia (p.86).
La falta de cubanía que García Vega le atribuye a Lezama antes de la Revolución, es una admisión tácita de falta de grandeza histórica, y proviene de su necesidad de idealizar lo cubano. Coincide con el barroquismo, preciosismo o grandeza venida a menos que García Vega le reprocha también. Pero el fervor con que saluda a la Revolución, su exaltación de una utópica insularidad, un comenzar de nuevo que prescinde de continuidad, es la apoteosis de una subjetividad romántica. Si hay algo constante y auténtico en Lezama, es su desmedida voluntad de grandeza.
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