OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Despojos de lo soviético en Cuba: La estética del adios

 

Jacqueline Loss

Página 1

Entrevistada por una revista chilena, Wendy Guerra, autora de la novela Todos se van, declaró:

Mi problema es decir la verdad. A lo mejor nadie me tiene tomado el teléfono y yo soy una sicópata, en cambio ustedes dicen que van a un lugar y están en otro: no te digo en Chile; en occidente. Yo no vivo en occidente, vivo en Cuba.1

Entre las diversas interpretaciones de sus palabras, la que más me interesa resaltar, para el propósito de esta investigación, es su desubicación con respecto al vínculo entre Cuba y Europa del Este en la sicología de una persona que alcanzó la mayoría de edad en los años ochenta. Guerra aisla a Cuba de su posición “natural” en el continente, atribuyéndole a su país natal cierto excepcionalismo explicable a través de muchos ángulos, entre ellos el impacto que ha tenido el bloque soviético en Cuba. Es un impacto que ha sido denegado por muchos críticos pero se puede postular que esta misma resistencia revela una sensibilidad curiosa. Según Jorge Luis Acanda:

Desacralizamos todos aquellos productos culturales abarcados por ese complejo ideológico que podemos denominar como lo soviético, desde el realismo socialista y los muñequitos rusos hasta la calidad de la tecnología made in USSR y la pretendida omnisapiencia de los líderes del PCUS.2

Dicha desacralización implica un sentimientomuy enconado que parece estar omnipresente en la literatura y el arte cubanos actuales, y la obra de Guerra es ejemplar en esta categoría. La característica de “omnisapiencia”, término que se utiliza con más frecuencia para hacer referencia a Dios, se le aplica aquí a los soviéticos, lo que nos sugiere que éstos eran una fuerza misteriosa, invisible y con un poder casi sobrehumano para determinar el presente y el futuro de un país que estaba muy lejos de ellos mismos.

Lo que más nos concierne aquí es cómo algunas obras literarias y musicales de hoy en día nos recuerdan las relaciones que existieron entre Cuba y los soviéticos, y al mismo tiempo cómo estas manifestaciones se pueden comparar con algunas declaraciones hechas por ciertos sociólogos y políticos cubanos. Por lo general, esas remembranzas artísticas no son narradas como hechos trágicos, pero tampoco triunfales. Medir el nivel de penetración y el efecto que estas remembranzas ejercen es una ardua labor porque involucra el análisis de muchos factores relacionados con la experiencia, el peso y posición social de sus autores. Al decir que los soviéticos pretendían ser “omnisapientes”, Acanda da a entender que los cubanos en realidad no lo procesaban de esta manera. Resulta interesante el que, en 1997, Abel Prieto, antes de ocupar el puesto de ministro de cultura que aún ejerce, publicara un libro sobre “La crisis del ‘socialismo real’ en el chiste político”, un ensayo muy interesante que intenta explicar el tipo de humor socialista al que el sistema soviético diera pie en la Europa del Este.3 Es como si al dirigirse directamente a este tema, distanciara a su patria del tipo de experiencia que creó tal tipo de humor. Una de las categorías más curiosas del humor en cuestión es la relacionada con “la amistad entre los pueblos”, a partir del hecho de que muchos de esos chistes tenían que ver con “una percepción colonial de las relaciones entre la URSS y los otros países del bloque” (45). Él explica que los cubanos, a diferencia de los otros, no experimentaban nada semejante al complejo de sentirse colonizados por los soviéticos, debido a que encontraban el modo de situarse sentimental y estéticamente por encima de ellos. Con respecto al término “bolos”, el más usado comúnmente por los cubanos para burlarse de ellos, Prieto dice:

Era más bien una ironización benevolente, perdonadora, donde no había rencor ni hiel. Esta expresión (...) nos separa radicalmente de todo mecanismo PLATTISTA de subordinación: coloca al cubano en una instancia superior, casi paternal, y contempla al bolo como a alguien proveniente de un mundo rudimentario. No hay, pues, la admiración PLATTISTA por el extranjero, ni la envidia, ni el afán de imitación, ni el odio que se genera en el reverso del PLATTISMO contra el colonizador. (56)

Al tomar en cuenta las diferentes perspectivas aparecidas más recientemente hacia lo soviético, Prieto se da cuenta de que encontrar las herramientas adecuadas para empezar a representar el mundo cubano penetrado por los soviéticos no es algo tan fácil de lograr.

Victor Fowler-Calzada, el respetado ensayista, poeta y bibliotecario, una vez me explicó que era como si los cubanos se aproximaran a cada disciplina, cada nivel de conocimiento, a través de la perspectiva soviética. Una de las muchas anécdotas suyas para ilustrar el nivel de penetración involucraba a Célida Álvarez, una colega suya que habiendo realizado su doctorado sobre “La clasificación de M. Dewey comparándola con el sistema de clasificación bibliotecológico-bibliográfico soviético, el BBK, en cuanto a dos enfoques de la organización del conocimiento (idealista-materialista)” en el Instituto Superior de Cultura de la entonces ciudad de Leningrado entre el 1986-1989, estaba a punto de proponer la implantación del BBK en Cuba, justo cuando se derribó el muro de Berlín. Es obvio que esta experiencia es sintomática de un fenómeno más global.4

Para aclarar este punto, nos podemos valer de la investigación elaborada por Nikolái Kolésnikov titulada Cuba: educación popular y preparación de los cuadros nacionales 1959-1982, en la cual intenta cuantificar la influencia del bloque soviético en la educación:

Bajo la dirección de los especialistas soviéticos en el período de 1961 a 1979, en los objetivos de la colaboración económica soviético-cubana fueron preparados 39.104 obreros calificados, técnicos y jefes de brigadas.

Una forma similar de preparación de los obreros y especialistas se realiza también en los objetivos de la colaboración económica de Cuba con otros países socialistas5.(145)

Sin duda, la crisis de octubre en 1962, en la cual el gobierno de Cuba fuera percibido como un gobierno títere en la Guerra Fría, y luego el caso Padilla en 1971, muchas veces comparado con los juicios bajo el mandato de Stalin, son dos de los hechos que más recuerdan la penetración política, militar e ideológica sufrida por la nación, pero es a través de otros detalles más sutiles como se empieza a configurar un panorama más singular. Aun cuando el sistema BBK no llegara a ser implementado, los índices de los seriales en la Biblioteca Nacional José Martí en La Habana se hicieron bajo ese sistema de clasificación entre 1971 y 1987; del mismo modo que los noticieros cinematográficos del ICAIC, realizados por equipos de cineastas cubanos mandados al bloque soviético entre los 60 y los 80, indican el nivel de penetración soviética existente en el arte y la literatura, la ideología, las ciencias y sus sistemas de implementación en la esfera cultural cubana.

La evolución de la memoria colectiva relacionada con lo soviético en Cuba resulta muy peculiar, particularmente por el hecho de que aunque los demás países que formaban parte del antiguo bloque soviético han ido pasando por muchas transformaciones políticas internas en los últimos veinte años, cambios reales que pudieran justificar una nostalgia hacia aquellos tiempos del bloque del Este, Fidel Castro se ha mantenido en el poder durante la mayor parte de este tiempo, y su hermano Raúl hasta ahora no ha llevado a cabo los cambios radicales que mucha gente esperaba a partir del “día después de Fidel”. Raúl Castro, que hasta hace poco fuera el ministro de las Fuerzas Armadas, fue uno de los responsables del plan de adaptación de los militares soviéticos en Cuba. En este puesto se ganó el respeto y la confianza de los soviéticos. El nuevo acercamiento que Rusia y Cuba han experimentado desde que Raúl tomó extraoficialmente el poder en 2006 –oficializado en el 2008–, refleja aquel pasado. En noviembre del 2008, se inauguró una catedral rusa ortodoxa en La Habana, seguida por la visita del barco Chabanenko a la bahía de La Habana un mes después, todo esto sazonado con abundantes visitas de delegaciones de la oficialidad rusa a la isla.

Mi proyecto de investigación empezó a perfilarse a finales de los años noventa, después de los peores momentos del llamado “Período Especial en Tiempos de Paz”, aquel período de enormes privaciones económicas, resultado del cese de las ayudas de todo tipo de la URSS a Cuba. La oficialización del dólar en 1993 significó que el pueblo cubano tuvo que convertirse en observador pasivo del consumo de bienes al cual no podía acceder, creando otro tipo de sentimiento, no necesariamente de desprecio, pero tampoco condescendiente, hacia aquellas décadas pasadas de “solidaridad” entre los dos países. Similarmente, el crítico Duanel Díaz vinculó el fenómeno del resurgimiento de una reflexión sobre lo soviético con las dificultades del período especial. En un artículo reciente publicado en su blog bajo el título “Muñequitos rusos, nostalgia cubiche”, fechado el 6 de abril de 2007, dice:

En el caso cubano, no se ha producido el tránsito no por anhelado menos traumático de un sistema donde la vida, del todo regida por el estado, era más sosegada y segura, al mundo dinámico e individualista del capitalismo, pero las dificultades de la vida cotidiana en el “período especial” sí han sido el caldo de cultivo para una cierta nostalgia de la relativa abundancia de los años ochenta6.

Muchas de las novelas escritas en los años noventa, incluyendo las de Alejandro Aguilar, Jesús Díaz y José Manuel Prieto, se pudieran leer como testimonio de los cambios ocurridos en el bloque socialista durante el momento de la Perestroika y la Glasnost, y particularmente, en el caso de las obras de este último, también como testimonio del período de transición en Rusia, algo que no es sorprendente, debido a que muchos de sus autores viajaron o vivieron allá participando en ese tipo de colaboraciones mencionadas por Kolésnikov. Lo que resulta más curioso aún es que escritores y artistas que jamás pisaron territorio soviético, también hayan opinado sobre éste en sus textos. Por ejemplo, Jorge Fornet, en un ensayo titulado Los nuevos paradigmas, comenta,

Esa reaparición del universo ruso-soviético merece un paréntesis, porque tras su esporádica presencia en años anteriores, ha vuelto a asomarse con cierta frecuencia en fechas más recientes. A pesar de que no hay proporción entre las tres décadas de relaciones intensas y fluidas entre Cuba y la URSS, y el escaso legado de ella en nuestra cultura, lo cierto es que pueden rastrearse huellas de ese legado lo mismo en cuentos o fragmentos de novelas...7. (131).

En este artículo, no solamente se mencionan algunas de estas huellas, sino también el porqué hay que evocarlas. Los artistas y escritores cubanos que estudiaron en países del bloque soviético desde los sesenta hasta principios de los ochenta, tienen y trabajan con un marco de referencias culturales muy diferente al de aquellos que estudiaron allá a finales de los ochenta, durante la Perestroika y la Glasnost. Para muchos que llegaron a la mayoría de edad en los ochenta, las zonas del “gran soviet” y del “menor ruso”, de las cuales querían alejarse a principios de los noventa, hoy en día se han convertido en objeto de parodia y afectuosidad hasta el punto de llegar a ser una huella de identidad con tantas capas que resulta muy difícil su deconstrucción.

Es cierto que se puede rastrear dicha influencia en el panorama de las letras publicadas de forma tradicional, pero también se evidencia en otros espacios, entre ellos la bitácora o blog, ese diario electrónico y público que es una especie de crónica contemporánea, que a su vez nos devela un aspecto relativamente fundamental del criterio con que abordamos esta investigación. Citemos a Aurora Jácome, cuyo blog es uno de los más conocidos del foro cubano: “Estos muñequitos [rusos o soviéticos] nos abrieron los ojos ante ese otro mundo, hacia esas otras maneras de pensar y expresar, y que hace que en muchos aspectos aunque parezca inverosímil, tengamos más que ver con un polaco, que con un español”8. Con agudeza, Jácome nos detalla cómo su experiencia viviendo fuera de Cuba, específicamente en España, un país que no solo comparte su idioma sino también una genealogía con su familia, ha influenciado su propia identidad. Un lector de su blog se impresionará por la perspicacia con que Jácome se refiere a las artes visuales soviéticas, y luego de consultar los comentarios de su público, ella se ilusionará con la necesidad de, a partir de su propio conocimiento, dialogar, añorar y “catarsizar” a partir de los despojos de los soviéticos en su conciencia. Los muñequitos rusos han llegado a convertirse en todo un símbolo para su generación. Y aunque muchos aseveran que en realidad no les gustan, son el aglutinador simbólico de los cubanos, no solamente para los que viven dentro de la isla, sino –o tal vez aún más– para los de la diáspora, donde a falta de lo concreto, “lo ruso” termina siendo un símbolo más de su identidad y añorada juventud.

La perspectiva de Jácome puede parecerle ingenua a la generación que sufrió debido a las obligaciones que estas importaciones significaban. Justamente en un artículo sobre la misma temática, Jácome toma en cuenta esta discrepancia: “Para nuestros padres, la presencia diaria de los muñequitos rusos en la pequeña pantalla en horario de la audiencia infantil, suponía una imposición más de la política cultural de la Revolución”9. En Todos se van, para la joven protagonista Nieve Guerra, también suponían una imposición. Los muñequitos rusos no eran solamente un importante programa en la televisión, sino también un requisito en su curriculum escolar. En 1980, su maestra le obliga a escribir una composición sobre ellos, y como su madre no tiene suficiente dinero para comprar un televisor ni el deseo de hacerlo, su compañera de clase le da una lista con los títulos y los nombres de los personajes que aparecen en ellos, y la “lleva a su casa para que los vea” (115). Este detalle, sea factual o ficticio, nos lleva a cuestionar la perspectiva de Abel Prieto acerca de si, en realidad, se puede tan fácilmente hacer una homogeneización sobre el tipo de afecto y desafecto que los cubanos sienten hacia los soviéticos. La división entre el espacio público –caracterizado por las obligaciones impuestas por lo soviético y la de poseer un televisor para ser parte íntegra del colectivo–, y el espacio privado, –caracterizado por la creatividad y la sensación de que esta misma división–, era una división vital para la sobrevivencia, y nos sugiere que la imitación del esquema ruso no estuvo tan ausente del aprendizaje en los ochenta como Prieto sugiere.

Generación Y, el blog más conocido de los que se escriben desde la isla, expresa un punto de vista muy diferente al de Jácome. Yoani Sánchez, su creadora, de hecho una filóloga de más o menos la misma generación de Jácome y Guerra, dice:

Muchos de nuestros padres habían estudiado o trabajado en la URSS, pero nosotros no conocíamos la sopa borsht ni nos gustaba el vodka, así que todo lo “soviético” nos parecía pasado de moda, rígido y cheo. Lo que nos paralizaba de ellos era el poder osuno que emanaba de sus gestos, la advertencia velada de que ellos sostenían nuestro “paraíso” caribeño.

Aquella mezcla de temor y burla que nos generaban los bolos todavía se mantiene. Si ahora mismo un turista que pasea por la ciudad no quiere ser molestado por los continuos vendedores de tabacos, sexo y ron, sólo debe musitar algo como “Tavarich”, “Niet ponimayo” y el asustado mercader se esfumará10.

La amargura que se palpa en sus palabras puede resultar un poco chocante por su visceralidad, pero al mismo tiempo muestra una perspectiva muy esclarecedora para nuestro análisis acerca de esas remembranzas de lo soviético. Y no cabe duda, Yoani Sánchez comparte con Abel Prieto al menos esa sensación de que los soviéticos provenían de “un mundo rudimentario”. Aunque resulta difícil imaginar que ella misma, nacida en 1975, pueda ser testigo de tanto mal gusto y engreimiento. Lo que dice, más bien suena como un recuerdo heredado de la memoria de las generaciones anteriores a la suya.

Es imprescindible decir explícitamente que, como sugieren Jácome en su ensayo, y Wendy Guerra en su segunda novela Nunca fui primera dama (2008), la antigua alianza entre Cuba y el bloque soviético genera diferentes remembranzas para los cubanos de distintas generaciones. Nunca fui primera dama se refiere a muchas cosas, entre ellas precisamente la imposibilidad de ser “primera dama” en la Cuba revolucionaria, y, en segundo lugar, al hecho de que la personalidad que pudo haber ocupado esta función es casi imposible de documentar. Esta imposibilidad se basa en algo bien conocido en el mundo socialista, y se trata del hecho de que en este tipo de sociedad, el individuo debe luchar en aras del bien de la colectividad. Pero, nos preguntamos, ¿cuáles son las consecuencias de este fenómeno tanto para la literatura como para el individuo? La protagonista de la novela es Nadia Guerra (la que es casi “nadie” y casi primera dama en esta historia); los personajes secundarios son su madre, una artista que no se llegó a realizar como tal públicamente y que requiere de su hija para poder acceder a un público, y Celia Sánchez, la guerrillera de la que se dice, extraoficialmente, fuera la amante de Fidel Castro y que resulta ser la que, aparentemente, cumple con los requisitos para ser la primera dama en la historia de la revolución11.

La manera en que se hace uso del género en estos textos resulta también muy interesante. Aunque Nunca fui primera dama no es una continuación tradicional de Todos se van, Nadia comparte con su protagonista el mismo apellido y una madre cuyos detalles biográficos e influencia sobre ellas son muy parecidos. Luego, este mismo apellido, Guerra, es el apellido de su autora; una cita de Albis Torres, la madre extratextual de Wendy Guerra, sirve como epígrafe de Nunca fui primera dama, con lo cual los elementos autobiográficos se vuelven más explícitamente reconocibles. La novela está dividida en dos partes –diario de infancia y diario de adolescencia–, y se puede decir que Todos se van termina siendo una autobiografía novelada. Nunca fui primera dama puede ser considerada un metatestimonio en el sentido de que le da voz a alguien que no la tenía, su progenitora, y, a la vez, nos muestra implícitamente los fallos del mismo género. El libro comienza con una declaración que nos recuerda el testimonio ejemplar de Rigoberta Menchú:

“Me llamo Rigoberta Menchú… No soy la única, pues ha vivido mucha gente y es la vida de todos... Mi situación personal engloba toda la realidad de un pueblo” (21).12

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El legado del ingenio azucarero en Cuba

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Política y religión en Cuba a inicios del siglo XXI

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