OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Michael Melnikow

Relato

 

Rafael-José Díaz

He regresado, una vez más, a la ciudad donde nací. Pensar que este breve viaje, de sólo un fin de semana, tenga algo que ver con lo que estoy escribiendo sería un signo de presunción. No sabría decir por qué he venido; desde luego, no para asistir esta tarde a la desoladora inauguración de dibujos eróticos en la que un antiguo dirigente cultural autonómico se debatía ridículamente entre la adulación a sus actuales superiores y una lasciva embriaguez; tampoco quizá para estar ahora, a las once y media de la noche, escribiendo esta frase mientras afuera, como casi siempre, una banda sonora de risas estentóreas, acelerones o frenazos y algún grito destemplado se mezcla con el rumor de la brisa en la ventana. Pero hay algo que la memoria guarda de un modo casi clandestino, algo que permanece intacto, crudo, en ese estómago de imágenes que otras veces, ¡con cuánta frecuencia!, digiere con demasiada rapidez momentos, caras o palabras que nos hubiera gustado conservar durante mucho más tiempo o para siempre. Escribir podría ser, en ocasiones, exponer al sol, a múltiples ojos imaginados, toda esa carne cruda de los recuerdos que no hemos digerido, cadáveres exquisitos cuya sangre no se ha enfriado todavía, para que una definitiva insolación, la apropiación indebida pero imprescindible por parte de otros cuerpos los distancie del nuestro. Una liberación, sí, pero no siempre voluntaria, no siempre consentida, porque sabemos que esas larvas que excavan nuestra memoria nos alimentan de algún modo, nos constituyen y hacen que al levantarnos por las mañanas seamos los mismos que éramos al acostarnos.

Voy a hablar de hace unos diez años, de una semana escasa pero intensa en la que todo mi mundo pareció desdoblarse o abrirse en dos, como si hubiera sido necesario crear un espacio dentro de él que contuviera estertores desconocidos, temblores o vértigos no menos atroces que el vacío, convulsiones, espasmos desencadenados sin que pudiera ponérseles límite, término. Llevaba entonces una vida relativamente ordenada, desempeñaba mis funciones como lector de español en una universidad alemana; algunas clases por las mañanas, no todos los días, y lecturas personales durante varias horas por las tardes en mi habitación de la residencia para profesores de la universidad ocupaban mis días. Por las noches, no siempre, salía a tomar una cerveza o un cóctel con un amigo griego que se había convertido en la persona a la que más frecuentaba. Algunas tardes prefería pasear con él por la orilla del río a la lectura en casa, y otras veces íbamos a ver a amigos suyos, generalmente refugiados africanos que compartían pisos sin sanear pero que nos deleitaban con sus comidas, sus músicas o su estilo de vida despreocupado y caótico.

Un sábado por la noche salí solo. Me habían hablado de un local que se encontraba en una antigua torre cerca de la estación de ferrocarril. Algunos meses atrás me había comprado un coche de segunda mano y pude explorar la zona en la que, según me habían dicho, se encontraba el local para intentar dar con él. No fue fácil, desde luego, y recuerdo que llegó un momento en que desistí de buscarlo en coche y, después de aparcar junto a la estación, recorrí a pie la zona: bajé unas escaleras de metal, llegué a unas vías que se bifurcaban y volvían a reunirse en un remolino de raíles tal vez ya en desuso, pasé por unos cuarteles rusos abandonados hasta que me encontré frente a una torre circular de tres plantas, siniestra por ser el único edificio iluminado en centenares de metros a la redonda. No se veía a nadie por allí. No había ningún letrero que indicara nada, como si aquel lugar fuera clandestino o como si fuera uno de esos edificios ocupados por comunas de jóvenes que vivían casi hacinados pero en envidiable armonía. Me animé a entrar: una escalera entre paredes tumefactas llenas de grafitis pasaba por una primera planta en la que, aparte de una puerta de metal cerrada, sólo había una pequeña habitación vacía; seguí subiendo y la segunda planta era un espacio lleno de humo en el que, al ritmo de una música imposible de bailar, se movían en un monótono balanceo, casi como robots, tres o cuatro personas; bien, quedaba una planta y, aunque aquella exploración no prometía demasiado, había que llegar hasta el final.

El último piso de la torre se abría a una habitación semicircular en penumbra en la que habían instalado una pequeña barra y algunas mesas de café con sus sillas. Dos o tres ventanas permitían ver la oscuridad que nos rodeaba. Me preguntaba si no habría llegado a una especie de club privado, pero aunque mi llegada pareció provocar cierta sorpresa entre los cinco o seis parroquianos que había allí, sus caras no revelaban la hostilidad que suele reservársele a un intruso. Pedí una cerveza y la llevé a una de las mesas que estaban libres. Muy de vez en cuando entraba alguien, normalmente solo, y solía sentarse con gente a la que conocía. Me cansé pronto de aquella atmósfera marchita, de aquellos encuentros previsibles y de las insinuantes miradas sin chispa que alguna vez se me brindaban, y decidí bajar a la segunda planta: al menos abajo la gente intentaba moverse, aunque parecieran marionetas en un teatro de humo. Fue allí, cuando ya casi me iba, donde conocí a Michael Melnikow, un joven estudiante ruso de dieciocho años.

Como si la penumbra acribillada de luces de colores en que su cuerpo se balanceaba cuando me acerqué hasta él le hubiera inoculado algún fragmento especialmente denso de oscuridad, aquel joven me pondría en contacto, una semana después, con las fisuras de la luz en que plácidamente, sin mayores altibajos, se había deslizado mi vida hasta ese momento. Los primeros días después del encuentro, sin embargo, nada anunciaba lo que al final se resolvería en un nudo inextricable de irrealidad y de angustia. A mi memoria acuden pálidas imágenes de un paseo por la zona de la ciudad situada al otro lado del río, pequeñas casas arracimadas en torno a una iglesia casi de juguete, palabras de entusiasmo ante la armonía de aquellas callejuelas o palabras de nostalgia por la infancia dejada atrás, en su Rusia natal, o por la madre, con la que había convivido hasta hacía no mucho. También recuerdo, con un poco más de viveza, un café en el que conversamos al día siguiente, o dos días después, durante varias horas. Era deslumbrante oírle, con sus dieciocho años, hablar con tanta lucidez del Génesis, de algunos poetas alemanes a los que había leído o de su singular relación con la vida. Ésta era para él una pasión atroz: la amaba locamente y al mismo tiempo era la fuente de todas sus angustias y temores. Hubiera deseado una vida, me decía, lo más parecida posible a un sueño eterno, un sueño en el que cada sobresalto, cada lágrima, cada hundimiento o cada pérdida se vieran compensados con la capacidad de volar, de sumergirse en el fondo de un océano durante horas sin ahogarse, de fundirse con otro cuerpo para siempre en una noche de amor. Yo lo escuchaba con fascinación y al mismo tiempo intuía que aquella inteligencia prodigiosa, aquella sensibilidad exacerbada y aquel apasionado entusiasmo por la vida estaban en lucha permanente con algo que los asediaba y que, a falta de un concepto mejor, más exacto, yo llamaba o llamo ahora vacío, soledad, nada.

Intensos, pero desoladoramente fragmentarios son los recuerdos que me quedan del pequeño piso donde vivía Michael. Había un salón rectangular que le servía al mismo tiempo de dormitorio. Al lado, la minúscula cocina; del baño no tengo ya memoria. A la entrada del salón había un armario con el que tropezamos en el primer abrazo impetuoso que nos dimos. Contra las puertas del armario se desencadenó una especie de asedio entreverado de ahogos, despojamientos y gemidos, que se intensificaban a medida que crecía el deseo. Los encuentros en su casa se repitieron dos o tres veces más aquella semana. La última noche, cuando regresé a mi habitación, me di cuenta de que había dejado olvidada en el piso de Michael una chaqueta.

No pude localizarlo en los días siguientes. En una ocasión contestó al teléfono un amigo suyo, ruso también, que en un alemán rudimentario me dijo que Michael se había ido de viaje y le había dejado las llaves de su piso, que no sabía cuándo volvería y que, por lo tanto, era preferible que no lo llamara más. Es curioso: no sentí celos, en ningún momento pensé, como habría sido razonable, que Michael hubiera iniciado una relación con otra persona o que hubiera vuelto a ver a un antiguo amante. Pero tampoco me creí que se hubiera ido de viaje sin avisarme. Mi deseo de verlo, de saber qué le ocurría era tan imperioso que en varias ocasiones toqué a su puerta, pero nadie respondía. Llegué a pensar que realmente se había ido, que había escapado de algo o de alguien, de mí tal vez o de alguna relación o problema que yo desconocía. Me sentía desconcertado, impotente, incluso culpable. Lo que no podía imaginarme es que en los varios días que duró su desaparición no se movió ni una sola vez de su casa.

Yo tenía un amigo ruso, Maxim, amigo a su vez de mi amigo griego. Nos habíamos emborrachado una vez los dos con vodka puro, según él el mejor elixir del mundo, hasta que el delirio nos hizo caminar abrazados por la calle cantando baladas en nuestros respectivos idiomas. La confianza que nos teníamos se remontaba a aquella noche ebria. Le pedí que llamara al teléfono de Michael y que pidiera, en ruso, hablar con él. Mientras hablaba, yo esperaba tenso, sin entender ni una palabra de lo que decía, pero adivinando por la expresión de sus ojos que la operación parecía avanzar con éxito. En efecto, logró hablar con Michael. Le explicó que era amigo mío y me puse al teléfono. La voz que me hablaba se oía lejana, velada, turbia. Era y no era Michael. Incluso me pareció que tardaba un poco en reconocerme, como si tuviera que bracear entre olas de amnesia hasta lograr unir mi nombre y mi voz con la imagen borrosa de mi rostro.

Había sido heroinómano en su adolescencia. Llevaba un tiempo sin drogarse, pero había recaído, por invitación de unos amigos, el día posterior a nuestro último encuentro. Todo esto lo supe aquella noche, en su casa. Insistí por teléfono en que quería verlo, en que además me había dejado olvidada en su casa una chaqueta que me hacía falta porque al día siguiente me marchaba de viaje. Se resistió un poco, pero finalmente aceptó. Me dijo que no podría quedarme mucho tiempo en su casa, que ya me explicaría el motivo. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta y Michael recostado en su sofá cama. Allí, durante los últimos tres días, lo habían cuidado unos amigos, los mismos que lo habían hecho recaer. Me dijo también que nunca antes se había sentido así, tan cerca de la muerte, tan frágil y perdido. Yo recordaba algún poema suyo que me había enseñado en aquel mismo sofá días atrás: palabras torrenciales sobre viajes al abismo, sobre alfombras voladoras que de pronto se desploman arrastrándonos en su caída, sobre los dioses que nos abandonan tras mostrarnos las puertas de entrada a cuevas o islas o bosques paradisíacos. Todas esas palabras se habían encarnado en aquel despojo que me hablaba con lentitud, con esfuerzo, y yo lo admiraba por ello, por haberse atrevido a realizar lo que yo me limitaba a borronear sobre el papel sin dar un solo paso en mi vida en dirección al abismo.

Creo recordar que aquella noche nos besamos con más delicadeza que nunca. Para mí era como besar a un resucitado o a un chamán que, en su postración y en su metamorfosis, me humillaba para iluminarme. Para él, supongo, debía de ser como besar de nuevo la realidad, un cuerpo sólido, unos labios de carne y de saliva. Luego me despedí. En la madrugada de ese mismo día, en efecto, iba a marcharme de aquella ciudad en la que había vivido tres años. En la última semana había vendido mi coche y un amigo vendría a recogerme un par de horas más tarde con el suyo para llevarme, con las seis o siete maletas que constituían mi equipaje, al aeropuerto. Michael insistió en acompañarme. Recuerdo su mirada perdida pero angelical una hora después, en mi habitación de la residencia, entre todas aquellas maletas cerradas que no contenían nada que yo no hubiera preferido cambiar por media hora más junto a él. Llegó mi amigo con su coche. Michael apenas tenía fuerzas para ayudarnos a bajar el equipaje hasta la calle. Entre los manzanos que nos rodeaban, quizás aún en flor, pero no puedo recordarlo todo, con su pelo rubio lacio, sus ojos azules desvaídos, como si estuvieran muy dentro y ya casi más allá de ese instante, Michael se acercó a mí para darme el último beso. Nunca más nos veremos, me dijo, pero te quedas en mí para siempre. Permaneció allí de pie, con su ropa negra, su piel casi adolescente, su barba recortada sin bigote, en aquella calle, solo, en la desolación de la mañana, mientras el coche se acercaba a la primera curva, que nos separaría para siempre.

Un año o un año y medio más tarde volví a aquella ciudad por unos días. Alguna vez lo había llamado, pero sin éxito. Decidí tocar a su puerta. Ya no estaba su apellido, Melnikow, escrito a mano en un trozo de papel junto al buzón. No recuerdo si, a pesar de todo, le dejé alguna nota. Nunca más supe de él. Lo imagino hoy, diez años después, terminando ahora, en su ciudad natal, su relato de nuestra breve pasión.


Rafael-José Díaz

(Santa Cruz de Tenerife, 1971). Es Licenciado en Filología Hispánica. Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Ha publicado cinco libros de poesía hasta la fecha, El canto en el Umbral, Los párpados cautivos con el que obtuvo el premio Tomás Morales de poesía 2002, La azotea-Réquiem (en colaboración con el pintor mexicano Vicente Rojo), Moradas del insomne y la recopilación Antes del Eclipse, que comprende poemas cuya fecha de escritura se ciñe al período entre 2003 y 2005.

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