Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Indagación de cómo son los cantantes

(Entrevista imaginaria de Roberto González Echevarría
a William Luis)

Por William Luis

«El chino cubano William Luis, profesor de la Universidad de Vanderbilt, pertenecía al grupo de estudiantes de la Universidad de Cornell, donde comencé mi carrera profesional en la década de los años setenta. De hecho, su tesis sobre la novelística de uno de los escritores formados en la Revolución Cubana fue la última que tuve el placer de dirigir en el Departamento de Romance Languages de dicha universidad. Ingresó en el programa de doctorado porque lo identificamos como estudiante de minoría, nada menos de estirpe china y cubana con algo de africano y nos pareció que su presencia podría contribuir a la diversidad de un estudiantado que en su mayoría era de ascendencia europea. Para mí fue uno de los grandes desafíos de la vida cuando acepté responsabilizarme de un estudiante de aspecto desaliñado, con melena y barba, oriundo de la metrópolis de Nueva York. Su bella madre había emigrado a los Estados Unidos muchos años antes del éxodo del cincuenta y nueve pero ella había nacido en Caibarién, pueblo cercano de mi querida ciudad natal de Sagua la Grande. A duras penas intenté cambiar su manera de pensar pero nunca llegué a entender el proceso desordenado de sus ideas. El experimento no me salió tan mal; logré que terminara el doctorado y publicara algunas cositas que podrían figurar en una bibliografía amplia o en una nota a pie de página. He propuesto entrevistarlo porque nuestra larga amistad puede revelar algunos detalles de mi vida que sean de interés para los lectores de este dossier de Otrolunes. Además, me debe varios favores y con esta entrevista se los cobro uno por uno. La entrevista se realizó a finales del mes de septiembre del corriente en la casa de un amigo cubano que reside en Princeton pero éste prefiere mantenerse en el anonimato por el contenido de la misma.»

RGE: Hemos mantenido una larga amistad desde que nos conocimos. Tú eras estudiante y yo representaba ese Virgilio que Dante necesitaba para encontrar su camino por el Infierno hasta llegar al Paraíso. Creo que me conoces mejor que nadie. Dime la verdad. ¿Qué opinión tienes de tu antiguo profesor? No olvides que estamos grabando esta entrevista.

WL: Roberto, eres una de esas pocas y extraordinarias personas que sólo tenemos el gusto de conocer una vez en la vida porque el mismo molde no da para dos. Todavía recuerdo con nostalgia aquellos primeros inicios de nuestra amistad; yo era estudiante, reconozco medio ignorante, y tú, aunque joven, figurabas entre las luminarias de la profesión. Se me hace imposible olvidar aquella primera reunión, que era más bien un interrogatorio, con profesores del departamento quienes deseaban conocer mi deformación para aconsejarme y trazar con más precisión mi plan de estudio. Al final de la entrevista, de manera ingenua, pregunté: ¿Y quiénes son ustedes? Porque, realmente, no tenía la menor idea de dónde había caído. Tú te reíste a carcajadas, con la misma fuerza que ha marcado tu personalidad, pero en aquella época tenías más pelo. En ese intercambio Ciriaco Morón Arrollo confesó que había escrito un modesto libro sobre La Celestina. Sin embargo, estos y otros recuerdos de nuestra amistad me servirían para escribir por lo menos dos libros. Eres la persona más inteligente, más estudiosa, más trabajadora pero también más terca que he conocido. A pesar de los años se me hace difícil entender cómo se puede descomponer la transmisión de un carro nuevo, como lo hiciste tú, cuando patinaste en la nieve y se te atascó en la cuneta el Volvo que acababas de comprar. Con tu determinación de querer sacarlo de su lugar, lo mecías hacia delante y atrás y así llegaste a quemar la transmisión del vehiculo. Asimismo recuerdo otros momentos de generosidad, cuando en aquel primer año de estudio aceptaste mi invitación de cenar en mi apartamento. Había invitado a Paché y Rubén y tú a Isabel pero sólo había cocinado cuatro piezas de pollo. Tuve que sacar otra del congelador y esa fue la que te serví sin condimentar, pero nunca te quejaste y me felicitaste por la comida.

RGE: Dejemos esa comida a un lado porque llegué a casa con dolor de estómago. Sigamos con la entrevista. Recuerdo con mucho cariño tu casa, cuando vivías en el estado de New Hampshire, que siempre fue un refugio para mí.

WL: Tus visitas con la prole con frecuencia fueron motivo de alegría y ansiedad. Cuando necesitabas escaparte de Yale, fuera por razones políticas o académicas, llegabas de paracaidista buscando descanso pero más que reposo ansiabas aquel famoso chicken pie que preparaba Linda exclusivamente para ti. A veces no sabíamos si alcanzaría la comida porque eras capaz de comerte uno sin respirar y un buen trozo de otro tú solo. Después de la cena, como un pequeño Buda, te acostabas sobre la alfombra de la sala para escuchar los boleros y sones de Beny Moré. Estabas en el paraíso. Sólo pasaban unos minutos para que se oyera tu estado de sosiego en casa del vecino de enfrente que, de hecho, vivía bastante lejos. Era costumbre en el mes de diciembre caminar hasta el final de la calle y adentrarnos en el bosque, con el hacha en la mano, para que te llevaras tu arbolito de navidad. Esto lo hacías todos los años hasta aquel día en que apareció el vecino que nos amenazó con una escopeta y más nunca se nos ocurrió poner pie en aquella propiedad que nunca imaginábamos que tenía dueño.

RGE: Ahora sí que te pasaste. A qué te refieres llamándome pequeño Buda, como si yo fuera barrigón, y a dónde pretendes ir con tu comentario sobre la escopeta del vecino. Además, ya que estamos hablando de ciertas verdades, eres un ingrato y nunca supiste agradecer lo mucho que he hecho por ti.

WL: Roberto, por favor, no te enojes conmigo. Tú reconoces muy bien lo mucho que te aprecio y te quiero. Siempre fuiste un padre para mí. Igualmente, si no fuera por tu amistad nunca hubiera conocido a nuestro querido amigo Severo Sarduy. Recuerdas aquel verano en que tú habías ido a visitar a Severo y François y de pura casualidad nos encontramos en el aeropuerto de París, porque te fuiste sin enviarme la dirección de su domicilio y de milagro nos vimos en el momento en que tú salías y yo entraba al país. Gracias a esa amistad, Severo me invitó a quedarme en su casa de Chantilly y allí me reveló cosas alucinantes y dignas de algún personaje de sus novelas, que mejor dejarlas para otra entrevista, cuando podamos tomarnos unos tragos, porque en este condominio ni siquiera nos han ofrecido un vaso de agua. ¿Dices que tu amigo se hace pasar por cubano?

RGE: Óyeme, prefiero que regresemos al propósito de la entrevista y hablemos de cosas más serias.

WL: ¿De tus libros?

RGE: Sí, con esa pregunta te puedo controlar tus desenfrenos. Si te vuelves a pasar te juro que vas a salir volando bajito por la ventana. ¿Cuál de mis libros prefieres releer?

WL: De los muchos prestigiosos estudios que han dejado una marcada huella en la profesión y en mi carrera en particular, para mí se destaca el que escribiste sobre Alejo Carpentier. Aunque reconozco que tu libro sobre la pelota en Cuba, The Pride of Havana, ha tenido gran difusión fuera del ámbito literario y Myth and Archives es un estudio necesario y fundamental para entender la literatura hispana, sigo apoyándome en tu primer libro. Lo mantengo siempre cerca de mí porque es el que estabas escribiendo mientras tomaba tus clases y ofreciste un estupendo seminario sobre ese escritor cubano que hablaba con acento francés. Así pude apreciar la relación entre el seminario y la escritura de un libro, tu agudo análisis y detallada investigación, y ese proceso me ha ayudado en mis propios estudios. Además, cómo sería posible olvidar aquella clase en la que nos pediste que memorizáramos todas las fechas de la vida y obra de Carpentier y muchos otros detalles que en aquella época nos parecía un castigo innecesario, pero con el tiempo reconocí el mérito de ese ejercicio.

RGE: Bien, ahora vamos bien con la entrevista. ¿Recuerdas las fiestas del departamento?

WL: No creo que sea posible olvidarlas. Mejor dicho, no las recuerdo muy bien; eran tan espectaculares que a veces pienso haber inventado el recuerdo. Mejor dicho, recuerdo claramente cómo comenzaban, pero el final siempre se me escapa. Ahora se me ocurren las que se celebraban en las casas de otros profesores, en las que se preparaba una bebida muy especial, con mucho alcohol y poco refresco. Mientras los profesores hablaban de temas académicos, siempre había un grupito de estudiantes que salían a tomar el fresco y después entraban como un huracán para apoderarse de la sala y ensayar un baile en el que todos juntos repetían los mismos pasos. Pero hacia el final de la fiesta todos terminábamos desplomados, nadie sabía dónde estaba sentado o parado.

RGE: Mejor que terminemos con esta entrevista para que no sigas contando disparates. Si no fuera por la grabación que estamos haciendo te diría un par de cosas para ponerte en tu lugar. ¡Ingrato! Me estás jodiendo la entrevista.

WL: Roberto, no lo tomes tan a pecho. No creo que a estas alturas vayamos a poner en peligro tantos años de amistad. Te prometo ser más respetuoso.

RGE: A ver si es verdad. En veinte años, ¿cómo me juzgará la critica?

WL: ¿A ti? Bueno… Supongo que la pregunta se refiere a tu obra, ¿no?

Roberto: Siempre te pasas de listo.

WL: ¿Cuáles de tus muchos méritos podrían destacarse? ¿Cuáles serían de valor permanente? Primero yo diría que la amplitud de tu conocimiento y cómo éste se refleja en tus escritos. Dudo que exista otro crítico que se haya distinguido tanto en el campo de la literatura peninsular como en el de la latinoamericana; es decir, tu obra trasciende los límites impuestos por el tiempo y el espacio, y se extiende desde Cervantes hasta García Márquez. Me atrevo a decir que con The Pride of Havana, en el que documentas el contacto entre los peloteros estadounidenses que viajaban a la Isla y los cubanos que jugaron en las ligas norteamericanas, te has adentrado en la literatura de los latinos, aquella escrita por hispanos que residen en el ámbito continental. Además, escribes con elegancia, sabiduría y pasión, con penetrantes ideas, dignas de seducir a cualquier lector/a. Además, tienes una capacidad ilimitada para trabajar. Me atrevo a decir que no existe ninguna persona que trabaje con la misma devoción e intensidad que he visto en ti. Espero que estés conforme con la entrevista y sepas agradecerme el favor que te hago. Sólo te pido que cuando la transcribas respetes lo que se ha grabado y resistas la tentación de corregirla, que es lo que Barnet hizo con Esteban Montejo y Suárez y Romero realizó con Juan Francisco Manzano. Hay cierta tendencia en los letrados que dominan la escritura de controlar a los que pertenecemos a la tradición oral, pero eso no les da ningún derecho a aprovecharse de la vida de los desamparados.

RGE: Afirmo haber respetado las palabras de William Luis y transcribir la entrevista tal como se grabó, respetando los giros descabellados y errores gramaticales del informante.

William Luis

Ocupa la cátedra Chancellor’s Professor of Spanish en literatura latinoamericana de la Universidad de Vanderbilt, Estados Unidos. Es autor de numerosos estudios sobre temas cubanos, caribeños, hispanoamericanos y escritores hispanos y latinos que residen y publican en Estados Unidos. Escribe y compila once libros, entre estos se encuentran Literary Bondage: Slavery in Cuban Narrative (1990), Dance Between Two Cultures: Latino Caribbean Literature Written in the United States (1997), Culture and Customs of Cuba (2001), Lunes de Revolución: Literatura y cultura en los primeros años de la revolución cubana (2003) y Juan Francisco Manzano: Autobiografía del esclavo poeta y otros escritos (2007). Es también editor de la revista Afro-Hispanic Review. De origen chino cubano, Luis nace y se cría en Nueva York y se destaca entre los especialistas de literatura latinoamericana, caribeña, afrohispana y latina escrita en los Estados Unidos.

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