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Dentro de este conflicto de identidad propuesto en el texto areniano resulta lógico la ausencia de nominación. Ambos, el Uno y su amigo, el Otro, son identidades innombradas. Si modernistamente, un nombre revela la existencia del sujeto y de las cosas, "Final de un cuento" apunta posmodernistamente a la inexistencia y anonimato del exiliado y el intelectual. De ahí la necesidad de redefinir sin definir y reconstruir desconstruyendo una identidad que es y no es. En esta búsqueda transcurre la acción del cuento y, en la resistencia ante sí mismo el personaje principal descubre a su Otro yo que existe con independencia de sí mismo como su mejor aliado y su más encarnizado enemigo.
El Otro yo no ansía reconstruirse sino ser tal cual es, con todo el peso de su pasado y su incapacidad de adaptación social. Acepta eso sí cada intentona de ser de otra manera propuesta por el Uno para reaparecer del mismo modo desapasionado y casi burlón. Y como la transformación exterior es insuficiente para dar prueba de su existencia, el agente narrativo desde el Uno concluye
Pero no estás vestido como estás, no te tomas ese refresco que allá abajo nunca te pudiste tomar, no oyes esa grabadora que suena, porque no existes, quienes te rodean no dan prueba de tu existencia, no te identifican ni saben quién eres, ni les interesa saberlo: tú no formas parte de todo esto y da lo mismo que salgas vestido con esos andariveles o envuelto en un saco de yute. Bastaba verte los ojos para saber que así pensabas… (70, énfasis mío).
Hasta aquí se ha presenciado cómo el texto insiste en representar al personaje Uno como focalizador y narrador a un tiempo frente a su amigo (el Otro) como si fueran individualidades distintas, expresiones de dos maneras de comprender la existencia: una que propone la acción para demostrar su identidad y otra que demuestra su identidad en la medida en que se resiste contra cualquier constructo, y por lo que es siempre el mismo, aún vestido estrafalariamente. A partir de este momento, sin embargo, la trama se complica y el agente narrativo desde el cual se elabora una nueva identidad para ambos desde lo Uno cambia sorpresivamente ya que la narración se focaliza desde el punto de vista del Otro, y el Uno, como si fuera el Otro, develándose en todo su desamparo, piensa:
Y no podía decirte que también yo pensaba así, que yo también me sentía así, así no, mucho peor; al menos tú tenías a alguien, a mí, que intentaba consolarte… Pero, ¿qué argumentos se pueden esgrimir para consolar a alguien que aún no está provisto de un odio inconmensurable? ¿Cómo va a sobrevivir una persona cuando el sitio donde más sufrió y ya no existe es el único que lo sostiene? (70).
El agente narrativo desde el Uno se descubre con los elementos sicológicos que hasta ahora han caracterizado al Otro. Tales características de inadaptación le pertenecen igualmente. La tragedia es que él puede consolar en algo a una parte de su ser, al Otro, pero, ¿quién puede hacerlo con él mismo? ¿Quién puede brindarle una esperanza a un hombre o mujer conscientes de su muerte? Ante ésta, estos recuerdan simbólicamente el pasado. De ahora en lo adelante la memoria reconstruirá, a través del Otro, la idealidad del recuerdo, mientras el agente narrativo desde lo Otro, que se expresa a través de lo Uno, como su mejor contraparte, representa la conciencia de lo real.
Por un lado, a través del olor del mar se construye la arquitectura de una ciudad perdida: sus edificios coloniales, los balcones abiertos, los parques con las estatuas y hasta la vegetación misma. Por el otro, interrumpe quisquilloso el agente narrativo desde el Uno que niega la realidad soñada e irreal:
¡Sí!, ¡Sí!, te interrumpía yo, una ciudad de balcones apuntalados y un millón de ojos que te vigilan, una ciudad de árboles talados, de palmares exportados, de tuberías sin agua, de heladerías sin helados, de mercados sin mercancías, de baños clausurados, de playas prohibidas, de cloacas que se desparraman, de apagones incesantes, de cárceles que se reproducen, de guaguas que no pasan, de leyes que reducen la vida a un crimen, ¿me oyes?, de policías y consignas. Y lo que es peor, ¿me oyes?, una ciudad con todas las calamidades que esas calamidades conllevan… (71).
Si desde el Uno se intenta poner una trampa de sobrevivencia: la de reinventarse un lugar y dentro de ella una identidad que pruebe su existencia, mientras el Otro protesta y se resiste a esta operación de la mente, si esto ocurre —repetimos— del mismo modo es visible cómo el Otro construye su propia trampa ideal, la de reconstruir en su memoria otro espacio: una Isla ideal a la que no se puede acceder salvo como no sea con la imaginación. La operación mental del Otro es criticada rápidamente por el Uno quien se manifiesta entonces para dar la nota de lo real, y de esta manera, el ser dual de "Final de un cuento" se debate en la agonía de un ser dividido entre múltiples y contradictorias realidades, pero sobre todo dentro del miedo del que piensa en su muerte intelectiva una vez que se encuentra lejano de su primera fuente nutricia, que considera idealmente sustancia germinativa de su creación.
Miedo y/o terror identificable con la propia concepción de Arenas ante la posibilidad de su propia pérdida como ser pensante y actuante. Hecho que condiciona, a través de la palabra, la incesante superposición de realidades donde todo se niega y afirma al unísono. Un miedo casi piñeriano en el que, a partir de una muerte física, se construye un testimonio contrastante, de contextos e interpretaciones diferentes. Varias versiones que han de ser integradas y/o traducidas en un texto múltiple. Texto que al traducir pensamientos y emociones señala la resistencia y el compromiso del hablante ante sus dividido país, el de la Isla, que padece un exilio interior, y el del Miami, geográficamente lejano o exilio interior y exterior a un tiempo, y mentalmente tan cercano y/o enajenado de la realidad cubana como el Otro que se presenta desde el Uno en este relato llamado "Final de un cuento", construyendo como éste otra Isla de Cuba ideal, semejante a un paraíso e infierno perdidos y una tierra prometida a la que en algún momento un Dios o su contrario permitirá regresar.
Esta fusión entre autor-narrador-personaje permite la presencia de este agente autoral progresivo y su desplazamiento al colectivo inferido en el texto. Resulta apasionado apuntar cómo la búsqueda de la Cuba ideal se integra de la misma manera a través de generaciones diferentes y separadas en el tiempo en el ser doblemente exiliado de la Isla. Tanto en Cuba —donde viven 11 millones de personas que sufren el exilio interior— como fuera de Cuba —donde cerca de más de un millón de personas sufre el exilio exterior—, tanto para unos como para otros existe la conciencia de un pasado al que se desea regresar a pesar de su imposibilidad. Tanto para unos como para otros existe una otra Cuba secreta y común que ya ha desaparecido y a la que paradójicamente desean volver algún día y que significa volver a lo que no existe o nunca existió. Una otra Cuba intelectual, perteneciente mucho más a la noción de ciudad letrada que a la de realidad concreta compartida en alguna medida por la memoria colectiva de la Isla.
Si este fenómeno ocurre dentro de Cuba, no menos condigno de señalar es cómo no sólo el exilio más antiguo trata de crear otra Cuba mucho más pletórica de virtudes que de defectos, sino que el exilio más joven, el de los 70’, 80’ y aún 90’ crea otra Cuba ideal en su recuerdo a pesar de la conciencia de una realidad militarista característica de la dictadura en el poder. A pesar de la conciencia de la destrucción del país, se advierte desde el texto areniano cómo el cubano ha creado una estructura sicológica y mental capaz de crear otra patria a través de sus elementos más telúricos: el olor del mar, los sudores, la manera de mirarse sin delito, la camaradería y el infinito sentido del humor. Una especie de reduplicancia popular del pensamiento origenista. El mundo real, asfixiante, vigilante, desolador y chato quedaría del otro lado si el agente narrativo no estuviera conducido por este de papel y no menos real llamado Reinaldo Arenas, que requiere y exige comprensión de ambas Cubas y de las infinitas islas de Cuba que pudiera crear la mente de cada cubano dentro y fuera del país.
El pensamiento areniano ansía la desmitificación de la ciudad soñada con la rápida denuncia contra el poder vigilante que ejerce su control sobre la vida del ciudadano común. Los balcones abiertos con que sueña el Otro de "Final de un cuento" son también los balcones desde los que se observa, clara referencia a las estructuras políticas y populares de vigilancia instauradas en el país. A la vigilancia, el agente narrativo desde el Uno suma las carencias que provee este "poder de justicia": la miseria sórdida e infinita dada a través de las limitaciones económicas que se convierten igualmente en humillaciones morales: apagones y racionamiento para el ciudadano común mientras el gobierno lleva a cabo una política económica de despilfarro de la que gozan las altas esferas o la nueva clase que éste ha creado, así como todos aquellos países con los que el líder máximo desea mostrar gratitud y solidaridad.
Con la Isla a cuestas, como el caracol del poema brechtiano que en su camino muestra a todos su casa, autor, narrador y personaje constituidos en una unidad desandan físicamente las calles de Nueva York, mientras caminan en su mente las de La Habana. Cada paso del Otro por la Octava Avenida es también un arribo al Centro Asturiano, al Capitolio o al faro del Castillo del Morro y un contacto con la gente que ha salido a la oscuridad como consecuencia de los efectos del calor tropical. Al querer llegar a estos, sólo encuentra la multitud enardecida de la ciudad de Nueva York, representante de diversas culturas, ideologías, otras consignas y otras opciones que desplazan a este ser dual a la otra realidad nuevamente.
Ante la muerte a la que se encaminan el Uno y el Otro, cada espacio aparece trocado. En este trayecto ambos —o uno— llegan al Empire State Building y suben la torre. Mientras el Uno tiene un breve flirteo, el Otro no lo deja tranquilo. El Hudson, desde arriba y bien visto no es otra cosa que el malecón habanero que lo conduce a la Avenida del Puerto y a las estrechas calles de La Habana. Riverside Drive conduce a las playas de Marianao y a un sinfín de recuerdos que recorre y que lo conducen desde el éxtasis y la contemplación al suicidio, que físicamente se produce en la caída del cuerpo y hace reaparecer la ironía y el humor arenianos. El agente narrativo señala que por primera y única vez el amigo ha logrado que Nueva York entero lo mirara, que diera también por primera y última vez prueba de su existencia, siendo entonces la muerte la que lo repleta de identidad. En el proceso del rescate del amigo, la petición de incineración y el hacerse cargo de sus cenizas para llevarlas al sur, hacia el mar Caribe, aparece la propia biografía de Arenas, suicidado ocho años después en la misma ciudad de Nueva York. A la ironía, a lo que de historia personal y, en consecuencia, a lo que de construcción de su propia muerte hallamos en estas páginas, sigue la conmoción: estas dos personalidades o partes de un mismo sujeto se funden y disgregan a un tiempo en el mar que ha de llevarlos nuevamente al punto de origen de sí mismos como un cuerpo que se funde en el mar de la Isla o en la Isla misma:
Abro la maleta. Destapo la caja donde tú estás, un poco de ceniza parda, casi azulosa. Por última vez te toco. Por última vez quiero que sientas mis manos, como estoy seguro que las sientes, tocándote. Por última vez, esto que somos, se habrá de confundir, mezclándonos uno en el otro… Ahora, adiós. A volar, a navegar. Así. Que las aguas te tomen, te impulsen y te lleven de regreso… Mar de los sargazos, mar tenebroso, divino mar, acepta mi tesoro; no rechaces las cenizas de mi amigo; así como tantas veces allá abajo te rogamos los dos, desesperados y enfurecidos, que nos trajeses a este sitio, y lo hiciste, llévatelo ahora a él a la otra orilla, deposítalo suavemente en el lugar que tanto odió, donde tanto lo jodieron, de donde salió huyendo y lejos del cual no pudo seguir viviendo (84, énfasis mío)
Una final vuelta de tuerca: el mar de los sargazos es sinonimizado desde principio del texto con la parte tenebrosa de Cuba, pero en las últimas líneas éste es también divino. Al final, Arenas siente la necesidad de expresar la Otredad de la Isla, su otra cara recurrente y dejar en la mente del lector ambas Cubas coexistentes. Sus palabras finales parecen casi un himno de despedida en tono menor; ruega. Conciente de la memoria escindida y la alienación del sujeto exiliado, clama que el Otro —que es lo Uno— regrese a través del mar a su lugar de origen. Pero dispersas y diluidas entre el mar y la arena, las cenizas del sujeto areniano se convierten en irremediable escritura que desaparece mientras testimonia una última fuga y el último acto de resistencia de un intelectual ante la muerte. La página en blanco es escrita para salvar al hombre o la mujer del olvido, una hermosa forma de resurrección, una manera de morir contando el cuento, es decir, narrando la historia, una manera de cerrar los ojos. Al mismo tiempo, el final devela un exorcismo. Pareciera, por una parte, que ambos personajes han marchado hacia la muerte y acaban en ella como una unidad cerrada —esto que somos— mientras que, por la otra, el texto se revela como magnífico doblete nuevamente, ya que a través del diálogo que ha creado diferencias entre el Uno y el Otro, se crea, asimismo, el efecto de que el entierro del Otro posibilita la resurrección del Uno, y con ella su reinvención personal, social y lingüística. Pareciera, repetimos, pues todas las palabras han sido escritas desde las arenas.
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